Conozco un lugar,
donde poderle besar,
al sol en la mejilla,
cerca de donde la mar,
fatigada de batallar,
rinde su brío a la orilla,
mientras llega un silbar,
flotando de ultramar,
en la brisa que se ovilla,
bajo una luna que al espirar,
su vaho decide recortar,
siluetas a plumilla,
en playa de madrugar,
bostezar y limpiar,
mis pisadas de arcilla,
y no puedo dejar de amar,
la luz que del más allá,
caldea mi rostro y brilla,
justo antes de recordar,
que a la vida se la debe despertar,
incluso, haciéndole cosquillas.
