lunes, 9 de enero de 2012

Un siete de enero.



Cómo describir aquellos momentos,
que me hablan de evolución y de poesía,
misterio, amor, azar de la vida,
tan antiguos y remotos como tiernos.

Cómo no sentirme preso del verbo,
y liberado por tanta alegría,
que me encierra y da compañía,
y rompe a la vez, mi celda de acero.

Cómo explicar un sentimiento,
con sólo un millón de signos y grafías,
pues tiene un segundo con mis hijas,
más matices que estrellas en el cielo.

Dos florecillas que crecen aprisa,
opinan, bailan, comparten sus juegos,
sin saber que mientras, me pintan sonrisas.

Cegado por cómo sus ojos brillan,
siento el crecer de sus limpios sueños,
de besos sembrados por sus mejillas.






Me trajeron los Reyes Magos, el mejor regalo que nunca pude imaginar, compartir una espléndida mañana de invierno con mi hija, ella en patines, yo a su lado, ella preguntaba, yo le respondía maravillado, sin cansancios, ni quejas, ni flatos, ni dolores de piernas, ni miedo a compartir largos caminos de esfuerzo, premiado con un almuerzo casero frente al un balcón abierto al Mediterráneo, y élla, pidiéndome un segundo, para echar una última mirada desde su ventana privilegiada, llenó sus pequeños pulmones con la tibia luz del mar y me dijo:

-Cuando quieras papá, ...ya estoy lista para continuar-. 

Guardé silencio, qué podía decir que fuera más bello.






lunes, 2 de enero de 2012

Una nueva oportunidad.



Tras reunirse los dioses a la sombra de aquel año, decidieron dar otra oportunidad a aquellos hombrecillos modernos, que desobedeciendo los mandatos no escritos, habían campado a sus anchas durante mucho tiempo, sembrando los frutos de su ciencia avanzada, esqueletos de cemento, aeropuertos del silencio, padres sin trabajo, vastos incendios, playas asfaltadas, jóvenes sin fuerzas, mujeres con prisas y dobles tareas,... en una tierra sin reglas de la cual se creían sus absolutos dueños.




Les ofrecieron volver a empezar desde cero, con un espléndido día de año nuevo , se llevaron el humo, dejaron limpio el cielo,  tan puro que los cantos de las aves volvieron a viajar sin impedimentos, se llevaron la suciedad de sus calles, pidieron al sol que bajara la intensidad de su fuego, y enterraron en un lugar secreto, todas las palabras malvadas y ambiguas con las que los hombrecillos solían hacerse daño, dejando sólo las más puras y cristalinas, como agua, perro, vino, flor, bondad, luz, respeto, ...y evitarles así la tentación de volver a caer en lo incorrecto.

Esa misma noche, alrededor de las hogueras, los hombrecillos en vez de agradecer y disfrutar de su suerte obtenida, decidieron al día siguiente, comenzar a cavar con picos y palas la tierra donde creían poder haber sido enterrados todos sus antiguos vicios, pues no soportaban vivir sin ser más que sus vecinos, ni poder hablar mal del enemigo, ni sentirse los más agraviados por el destino, ni decir mentiras con las que amasar más dinero, ni usar palabras ambiguas contra los menos instruidos, ni construir más hoteles sin permisos, ni espantar a los polluelos en sus nidos, ni...

Los dioses, tras un bosque escondidos, vieron la manera con que los hombrecillos correspondían a las buenas intenciones ofrecidas. Dispuestos ya a lanzar un poderoso fuego que todo lo arrasara, vieron a uno de esos hombrecillos que salia de casa con su familia, y en vez de cavar hoyos, como todos lo hacían, solo caminaba, se dejaba acariciar por el tibio sol de la fría mañana, llenaba sus pulmones con el aire limpio de la playa, mojaba sus pies en las frías olas que le llegaban, y saludaba a todo aquel con el que se cruzaba, sonriendo y deseándole fuera tan feliz como él se sentía con aquel regalo de un tan mágico día, sin pedir nada a cambio.






Los dioses apretaron los labios, bajaron sus miradas...decidieron esperar y volver a reunirse el próximo año.




sábado, 31 de diciembre de 2011

Año viejo.





Dos mil doce me pedía un soneto,
hecho de anhelos que lleve la brisa,
de planes futuros que fueran la envidia,
de varios cuartetos y un par de tercetos.

Dejadme que hoy, el día más viejo,
le ayude al sol a salir por Ibiza,
tome mis gafas y dos zapatillas,
y vuelva a sentirme el ser más despierto.

Propongo, dejar de mirarme al espejo,
bajar un marcha, pasar de las prisas,
llenarme de esfuerzo, no ver las noticias,
juntarme con libros que me hablen en verso.

Mantener mi corazón siempre abierto,
no dar un consejo ni que me lo pidan,
dejar que la luna sea quien me desvista,
jugar con mis hijas al baloncesto.

Pretendo no ser un hombre perfecto,
por evitar salir en las revistas,
decir sin gritar mi punto de vista,
y no predicar más que con ejemplos.

Será mi recuerdo después de muerto,
mi parte sin peso, mi alma sencilla,
libertad, ilusión y una mochila,
con agua, azúcar y un par de sueños.

Pido deporte, que alimente mis fieras,
algunas cervezas, también extranjeras,
compartir mi alegría con los que quiero.

Seguir caminando junto a mi pareja,
gozar de lo simple y su oculta belleza,
sentir la vida como un puro misterio.









jueves, 29 de diciembre de 2011

Esfuerzo.






Como muchos de vosotros sabéis, me gusta subir en patinete.

Cuanto monto sobre sus graciosas curvas, es como asomarme a una gran ventana del pensamiento, donde poder alejarme un momento del ruido a contemplar el discurrir de la vida. Su aparentemente frágil fisonomía, no le impide atravesar por estrechos senderos de montaña, subir empinadas cuestas, descender por caminos rotos de piedras. Todo ello, en completo silencio, con el máximo respeto a la naturaleza y mucho esfuerzo. El hecho de ir de pie, no sentado, permite ese punto extra de relajación a la hora de disfrutar de los paisajes por donde paso, que no me ofrece la bicicleta.

Cuando voy con él por ciudad, son las personas mayores y los niños quienes más se fijan, y a los que más sonrisas provoca. Los ancianos son los más atrevidos, los que incluso me paran, me preguntan, sin ninguna vergüenza, pues es tontería tenerla cuando uno ve que se le escapa la vida, tal vez les recuerde a aquel juguete que tuvieron en la infancia, de madera y trapo, pintado con ceras, sin baterías, ni luces, ni cables que lo muevan, que tan solo funcionaba con imaginación, esfuerzo, sonidos de la boca y la colaboración de otros amigos para inventar con él nuevas aventuras.

Una de las cosas que enseña el patinete es a apreciar el esfuerzo individual, como un tesoro que nadie te podrá arrebatar jamás. Pese a los muchos, continuos y alabados cantos de sirena de nuestra sociedad enfocados a que todo sea más cómodo, automático, climatizado, fácil, rápido, barato, sencillo (hasta que se estropea), el patinete se alza como una metáfora tan simple y pacífica como inexpugnable, ante el reiterado bombardeo de aviones del bienestar que tan solo pilotamos unos pocos y que seguramente terminarán abocándonos a un colapso de recursos y desigualdades.

Esos ratos que comparto con el patinete, son los que permiten que ideas, pensamientos, palabras bellas, fluyan a mi cabeza como si llegaran a una gran ciudad tras un largo puente a través miles de ensanchadas autopistas por pulsaciones y jadeos. Un poeta de barrio no necesita poner su alma ebria para tratar de bajar al subsuelo y recoger del hollín, los versos más negros y bellos que jamás vieron la luz de un libro. Para colocar cuatro frases y dos verbos sueltos, me basta con un poco de silencio, aire limpio, mi sudor, esfuerzo y un trozo de cielo.

Dicen que una de las causas de nuestra infelicidad como individuos de la sociedad que nos ha tocado vivir, es la imposibilidad de conseguir todo lo que nos gustaría tener, pero no nos damos cuenta que el primer paso hacia la felicidad pasa por utilizar la preciosa y oculta libertad que todos llevamos dentro, que supone armarse de valor y negarse a hacer muchas de las cosas que no desearíamos hacer. En el peor de los casos, el precio que habríamos de pagar sería el de nuestras propias vidas, pero aún así, seguiríamos siendo libres y habríamos vivido con más dignidad y algo más felices.



jueves, 22 de diciembre de 2011

De carne, hierro y fuego.





Con labios de sangre y manos de ciego,
palpo la tierra como el peregrino,
nacido a tientas sin ningún permiso,
con seis adjetivos y un par de verbos.

Persigo un universo ya en retroceso,
olas no alcanzan las playas, rendidas,
enormes dudas en flameantes piras,
y el viento no admite llevar más besos.

Soy ateo devoto y compasivo,
vigía del faro en plena tormenta,
no creo en tus dioses y en sus promesas,
ni en la forma en que fueron ungidos.

Escucho al que no halló fuerza en sus letras,
prefiero que me hablen como en suspiros,
tomando cervezas como unos amigos,
que le plantan batalla a las fieras.

Mis dioses son de carne sincera,
jardineros a turnos de un caído cielo,
que beben rocío con sabor a hierro,
y buscan trabajo de mil maneras.

Su esfuerzo diario, callados versos,
sonríen felices pese a sus penas,
como viejos pastores de estrellas,
que al fuego del alba, devoran corderos.



























martes, 13 de diciembre de 2011

Instinto.





¿Cuándo perdimos el instinto,
tan cuidado por los siglos,
y editamos tantos libros,
para criar a nuestros hijos?


¿No será que la razón,
ha sido presa del ruido,
y le impide oír los latidos,
y los susurros del corazón?.


¿Cuándo te sisaron lo sencillo,
y pagaste por lo divertido,
te lanzaron al gran bullicio,
mientras tomaban tu bolsillo?

¿Quién te había prometido,
vivir cien años de normalidad,
ser más, que una frágil casualidad,
lograr tener todo lo merecido?.


A cambio sólo habrás de pagar,
con brillar en contadas mañanas,
sonreír en la justa medida,
llorar en privado, a escondidas,
en tu linda jaula de porcelana.

A cambio tendrás que donar,
el brillo de tu azul mirada,
buscar entre saldos, tus sueños,
al vacío envueltos y mostrados,
en gigantes pantallas planas.

A cambio deberás dejarte arrastrar,
de la mano de la propia humanidad,
corriente abajo del gran río,
que absorbe tu esfuerzo y brío,
 y te seduce a dejar de remar.



Separarse del ruido,
escuchar latir el instinto,
allá donde habitan los sueños más puros,
huérfanos de existencias sin sentido.







Recelos








...y aquella primera lluvia caída sobre el lienzo de una mañana de otoño, separó los colores de sus joviales juegos. Ateridos de frío, los verdes se aplastaron contra el suelo, unidos entre sí frotándose con sus delgados tallos por darse calor, los grises alardeaban de una supremacía tan relativa, que cualquier pequeño cambio en el plano de referencia hubiera quebrado sus expectativas, y los marrones, ásperos, esperpénticos y desafiantes, mostraban su rudeza alzando sus imprecaciones a una existencia tan inocente y primitiva, incapaz todavía de compartir tonalidades, mezclar posibilidades, multiplicar reflejos, y tras todo éllo, asomado entre el vapor de la sauna del cielo, un tímido sol asistía perplejo a una infantil batalla de recelos.